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Domingo7

Palo Alto, 50 años

 

Palo Alto, 50 años

 

Hugo Ávila Gómez

 

Nos acostumbramos a ver como si nada lo que hay alrededor nuestro. Observamos sin asombro, sin preguntar, haciendo de cuenta que las cosas hubieran estado ahí, siempre; como si solas surgieran. ¿Quién ayudó a levantar la escuela?, ¿quiénes iniciaron el pueblo?, ¿quiénes tomaron las primeras iniciativas, las que hicieron nacer lo que ahora disfrutamos?, ¿quién animó a la comunidad?

La escuela y la comunidad del Palo Alto cumplieron 50 años de vida, no este año, sino en 2004. Este escrito es para hacer memoria, para que el olvido no nos gane. Lo que aquí se narra fue platicado por el protagonista de esta historia, el profesor jubilado, Salvador Romero López, originario de La Cuchilla, municipio de Teul de González Ortega.

En 1948 algunos vecinos de la sierra buscaron al joven Salvador Romero López, que por aquel tiempo estudiaba en la Normal Rural de San Marcos. Le informaron que no habían encontrado apoyo ni en la presidencia municipal ni con el inspector de educación (cuya oficina estaba en Tlaltenango). Ya tenían años buscando auxilio sin ningún resultado. Le pidieron que les ayudara a conseguir escuela para los niños de los pequeños ranchos de La Cuchilla, Los Cisneros, El Bragado, La Hacienda de Pinoscuates, Las Mesitas y otros más. Parecía imposible. Cada rancho estaba formado por cuatro o cinco familias, sino es que menos; 5 ó 6 niños de primaria por rancho. ¿Cómo hacer para que les autorizaran una escuela? Nunca la había habido por este rumbo, el lindero sur de la Hacienda de Pinoscuates.

Siete años de insistir: la gente de la sierra con el estudiante Salvador Romero, y éste con las autoridades de la Dirección Federal de Educación. Parecía cosa del otro mundo: ¿Cómo iba a haber una escuela para este puñado de comunidades pequeñas y desperdigadas? Imposible… Imposible para quien se cansa de perseverar, imposible para quien se desanima. Salvador Romero pensó lo que nadie había pensado: se inventó que todos los ranchos regados por esa región de la sierra eran un solo pueblo, y presentó a las autoridades educativas el censo general de la gente de los distintos ranchos, el censo de analfabetos y el censo de niños en edad de primaria. De esta manera logró que el 13 de diciembre de 1949, el profesor Honorato Tlaseca Barrera, Director Federal de Educación, lo comisionara para dirigir la construcción de la escuela. Así, ya había niños y autorización para la escuela.

Regresó el estudiante Salvador Romero, contento con la comisión recibida. Decidido a conseguir el terreno para la escuela. Se dirigió con el presidente municipal, David Cortés, y su secretario Francisco Varela, quienes lo despidieron con burla, sin escucharlo: “Se acabó el tiempo de los agraristas. Ya no hay tierras para repartir”. Salió de ahí con las manos vacías.

Pero siguió insistiendo. Fue y buscó un lugar adecuado. Encontró un terreno tepetatoso y en declive. Nadie lo utilizaba para cultivar ni para cuidar ganado. Terreno baldío. Pero con manantial. Habló con los dueños del terreno. Tampoco consintieron en ceder un terreno para hacer la escuela.

Sin darse por vencido, el joven Salvador Romero, se presentó con las gentes de la sierra, llevando en la mano su comisión para organizar la escuela. Pueblo de personas que no sabían leer. Les dijo (mostrando el papel y haciendo que leía) que ahí traía la orden del gobierno federal para que tomaran una hectárea de tierra, justo en este lugar. Y la alegría nació en la gente. Los dueños del terreno, antiguos administradores de la Hacienda de Pinoscuates, guardaron silencio y dejaron hacer. Nadie pidió leer la dichosa orden de Zacatecas. Ese mismo año de 1949 se organizó la sociedad de padres de familia para encabezar los trabajos. Cinco años duró la construcción. Señores, señoras y niños, que dedicaban sus ratos libres del tiempo de secas para levantar el edificio de la futura escuela.

Por fin, la escuela se construyó. Era el año de 1954. Un salón grande, una casa para el maestro y teatro al aire libre. Ya había edificio, sólo faltaba el maestro. Salvador Romero, que para entonces ya trabajaba de profesor, volvió con las autoridades educativas. “No tenemos maestros; sólo que se vaya usted”. Y aceptó, porque ya tenía un compromiso con la gente. En septiembre de 1954 empezaron las clases en aquel lugar despoblado, donde sólo había escuela, pero no centro de población. El profesor había hecho creer a la Dirección Federal de Educación que varias rancherías pequeñas formaban una sola comunidad. El mismo profesor Salvador Romero llamó “Palo Alto” al lugar donde fundó la escuela, en recuerdo de la meseta que está en la cumbre de Los Cisneros, que se llama La Mesa del Palo Alto, y era propiedad de tres tíos suyos, José María, Simón y Atanasio. Palo Alto, lugar con pura escuela, pero sin casas.

Ya había edificio, contaban con autorización de la Dirección Federal de Educación y había un profesor designado; pero los apuros del inicio no habían terminado. El señor cura comenzó a decir a la población que no se creyeran de ese muchacho; que venía de una escuela normal comunista y que sus hijos no debían ir a una escuela del gobierno, laica. Además, ¿cómo iban a tener escuela sin tener capilla? “Es mejor que sus hijos entren burros al cielo y no sabios al infierno”. Y algunas personas hicieron caso; mejor se pusieron a construir la capilla y no mandaron sus hijos a la escuela. La sociedad de padres de familia se dividió: unos apoyando la escuela y otros la capilla.

Los antiguos administradores de la Hacienda de Pinoscuates también mostraron inconformidad con el principio de la nueva escuela. La gente contaba que anduvieron diciendo que iban a venadear al profesorcillo que les quitó el terreno para levantar la escuela. Por eso, el profesor Salvador Romero, cuando tenía que bajar al Teul, nunca se vino de día. Prefería viajar a pie, entre aquellos cerros y barrancas, protegido por la oscuridad de la noche.

Con todo y las últimas dificultades, la escuela del Palo Alto abrió sus puertas. De los alrededores, los niños acudían diariamente a las clases que duraban todo el día: por la mañana y por la tarde, con un descanso para ir a comer. La comida era ahí mismo; nadie regresaba a su casa, por lo lejos. Con el tiempo, la gente fue comprando terrenos cerca de la escuela. Construyeron sus casitas para vivir ahí en tiempo de clases, y en las aguas regresaban al rancho a cultivar la tierra.

Así nació el Palo Alto. Primero como escuela y después como comunidad. La escuela reunió a la gente que fundó el rancho. 50 años que traemos a la memoria.

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