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Domingo7

Siga la flecha de don Luis Sandoval Godoy

Siga la flecha de don Luis Sandoval Godoy

La literatura debe ser dulce y útil, agradable y edificante, enseñaba Horacio, uno de los grandes escritores en la antigua Roma. La buena literatura nos ofrece recreación y conocimiento, placer estético y saber. El libro más reciente de don Luis Sandoval Godoy es una invitación a las dos cosas: a gozar y a conocer. La palabra escrita de don Luis es capaz de eso.

“Siga la flecha” es una recopilación de cuentos escritos en otros tiempos y en distintos libros. Su autor, Luis Sandoval, los ha reunido en este volumen que publica el Taller Editorial La Casa del Mago, que se ha fijado la tarea de llevar a los lectores los libros escritos por don Luis. “Siga la flecha”. Tras estos relatos hay algo en común. Todos tienen un elemento que los hermana. “Siga la flecha” es una colección de doce cuentos que hablan de los avisos que da la vida en todo momento, pero que el ser humano atiende sólo hasta muy tarde. Desde que nacemos cargamos con un destino, con una voz que llevamos inscrita en la carne y el espíritu. Vamos a morir. Y nos negamos a entenderlo. La vida nos lo hace saber de muchas maneras: una enfermedad, una contrariedad, un dolor, un chisme, un pesar en el alma, un golpe tras otro, la soledad que se arrincona en los pliegues más profundos del alma, la presencia de los viejos, una persona que fallece. El ser humano es frágil y limitado por naturaleza. Por eso vivimos en sociedad para, juntos, crear la solidaridad que remiende nuestros lados descosidos.

Luis Sandoval no fue psicólogo, sociólogo, médico, profesor o sacerdote para hablar de manera profesional y solemne acerca de la muerte, la vejez, la soledad, la enfermedad, la debilidad humana y demás asuntos cercanamente humanos. Quiso ser periodista y escritor para decir las cosas de una manera honda y bella. Apunta con su flecha al misterio humano y lo roza. Se mete al corazón de la personas. Habla desde el dolor mismo de la gente; desde su soledad, desde su vulnerabilidad y sus debilidades. Asuntos que pocas veces nos animamos a comentar en voz alta, si de nosotros mismos se trata, por supuesto. Por esta razón, los cuentos de “Siga la flecha” penetran en la médula de esa realidad que nos acompaña desde que nacemos, la verdad de que la vida es un soplo y un día ya no estaremos más en este planeta.

El milagro de la literatura es que verdades amargas como éstas pueden ser contadas con la sensibilidad, la ternura y el privilegio de narrar bien. Uno va leyendo cada cuento y queda el placer de leer algo hecho con intención estética. Don Luis escribe sobre la muerte, sobre la amargura de la vejez, sobre la soledad, sobre la enfermedad, sobre la pérdida irreparable de un familiar cercano, sobre el rumor que destruye el honor ajeno. Realidades duras y dolorosas. Y sin embargo, en su escritura hay belleza. ¡Qué contradicción! Belleza en el cementerio, en el lecho de muerte, en el velorio, en el dolor que desgarra el alma, en las arrugas que van marchitando el alma. Eso se encuentra al seguir la flecha de este libro. Un libro que nos enseña sobre verdades fundamentales de la vida, y que además, nos deleita. Un libro hermoso que nos acerca a lo más hondo de lo humano, y que recrea, es decir, invita a realizar nuevas creaciones.

“Siga la flecha” y encontrará la narración del señor que vela a su hijo difunto, y junto a su pena encontrará la dignidad de la gente de campo que tiene en más la honestidad que el dinero. O aquél que amontona recuerdos frente al retrato de su esposa fallecida, y que deja de lamentarse porque los van a desalojar de la vecindad, al convencerse que lo importante es lo que llevamos dentro, eso nadie nos lo puede quitar. Nuestra carga es un relato que muestra el sufrimiento callado e incomprendido de la mujer campesina; el marido que ignora o no comprende lo que sufre aquella mujer, hasta que muere, hasta entonces el hombre se da cuenta que “ella traía su muerte adentro… ¿Y cómo andamos todos? ¿Cómo andan ustedes. Todos vamos por la calle o por donde sea cargando nuestra muerte…”. Hay tres narraciones de igual número de mujeres grandes, que no se casaron. Una, “de ojos tristes, charquitos de lágrimas donde nunca pegó el sol”, que llora y estruja la carta que le recuerda el amor que pudo haber sido y no fue. La segunda, “señorita mayor que nunca ha dado que decir”, hasta que la culpan de haber robado el vestido de la Virgen. Y la tercera, martirizada por escuchar el bullicio de la navidad por las calles del pueblo, mientras ella acompaña a su hermana, muy enferma, “muerta a medias”. Vidas ordenadas y virtuosas; pero solitarias, carentes de la llama que enciende la vida y la hace humana. Tu sonrisa es la narración de una mujer pobre, con un hijo que estuvo muy enfermo, al que nunca pudo festejarle su cumpleaños, ni hablarle más con la tonadita dulce de cuando estaba chiquillo, ni prepararle una cazuela de mole colorado ni las enchiladas rojas que tanto se le antojan. El trajín de todos los días la alejó de las pequeñas cosas hermosas y sólo al recordarlas le aparece una luz en los ojos, “en la rama seca de su cara, tan pálida y llena de arrugas”. Y otras cinco narraciones más de hombres que enfrentan los asedios de la vejez y la muerte de diferente manera, pero que tienen algo en común: son hombres que se comen sus sentimientos; vida interior ahogada, apretada hacia dentro, cerrando la rendija por donde pudieran salir al encuentro de un afecto que los escuche y les haga saber que están hechos del mismo barro, quebradizo y valioso.

La escritura de don Luis cautiva. Un estilo directo, que retoma la belleza y la sabiduría del habla popular. Pero va más allá, “organiza, pule, perfecciona y aumenta los recursos del lenguaje cotidiano con propósito artístico”. La mirada del escritor es atenta. Ve lo que todos ven, pero logra ahondar en los detalles, en la belleza de las circunstancias, en el trasfondo psicológico de los acontecimientos y las personas. La ciencia se detiene ante el umbral del misterio de realidades como la soledad, la vejez (¡qué cosa tan triste y tan irremediable!), la enfermedad, el desamparo existencial, el dolor que desagarra muy adentro. Hay un límite que la ciencia no puede traspasar. De ahí para adelante ya no se puede conocer con los recursos científicos. Son terrenos sólo para la humildad, el silencio, la curiosidad, la caridad fraterna, la intuición, la observación, la contemplación, la admiración, la meditación, la reflexión del poeta y del místico. Que son otras formas de saber y de maravillarnos con la grandeza de la existencia.

No cabe duda, Luis Sandoval es un escritor enamorado de la vida, que con tonadas tristes escribe canciones que producen brillo en los ojos, esperanza en el corazón, espigas altivas y hermosas, que nos recuerdan que a pesar del dolor y de la muerte, la vida tiene sentido y vale la pena vivirla con entusiasmo y decisión. La literatura (leída y escrita) es una forma de vivir a plenitud. Don Luis es nuestro mejor y más próximo ejemplo.

 

Hugo Ávila Gómez

 

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