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Domingo7

¿Qué es vivir en paz?

 

JAVIER VARELA

 

El 24 de octubre de 2007, Ingrid Betancourt (excandidata a la presidencia de la República), escribía a su madre desde algún rincón oscuro de la selva colombiana, donde desde febrero de 2002 permanece secuestrada por las FARC:

“En Colombia tenemos que pensar de dónde venimos, quiénes somos y a dónde queremos ir. Yo aspiro a que algún día tengamos esa sed de grandeza que hace surgir a los pueblos de la nada hacia el sol. Cuando seamos incondicionales ante la defensa de la vida y de la libertad de los nuestros, es decir, cuando seamos menos individualistas y más solidarios, menos indiferentes y más comprometidos, menos intolerantes y más compasivos, entonces ese día seremos la nación grande que todos quisiéramos que fuéramos. Esta grandeza está ahí dormidita en los corazones. Pero los corazones se han endurecido y pesan tanto que no permiten sentimientos elevados” (Proceso, Nº 1641, 13 de abril de 2008).

Colombia vive en medio del infierno de la guerra. La violencia se da entre narcotraficantes, paramilitares, guerrilleros y aparatos del Estado. Ingrid Betancourt, desde su cautiverio, sueña con un país en paz. Y en el párrafo antes escrito se puede leer qué tipo de paz es la que ella quiere. Una paz activa, donde la violencia deje su lugar a la conciencia, a la solidaridad, a la comprensión entre las personas, a la defensa de la libertad humana.

Hubo un tiempo en que nos ufanábamos de vivir en paz. Pero en México hay sucesos que dejan ver que algo está mal. La inseguridad, la violencia del narcotráfico, la polarización social, las campañas de odio de la ultraderecha amenazan la paz de los mexicanos.

Dejémonos cuestionar por la realidad: ¿Qué es la paz para cada uno de nosotros? ¿La ausencia de conflicto? ¿Guardar las apariencias de que todo está bien? ¿Quedarnos en nuestra casa mientras afuera el mundo estalla en corrupción, contaminación, exclusión social de niños, jóvenes, ancianos y mujeres?

En la reflexión sobre derechos humanos se reconocen tres tipos de paz. El primero, paz mínima, es la ausencia de guerra, falta de conflictos abiertos, guerra fría, guerra nunca declarada, pero en marcha. Los problemas y los conflictos están presentes, pero se les ignora. Cuesta trabajar mantener esta paz mínima: la desconfianza rige las relaciones entre las personas, envidias, gastos para no dejarse aventajar, carrera armamentista. Aquí se desperdicia mucho dinero y energías que podrían dedicarse para enfrentar el desempleo, la pobreza, la ignorancia, la tristeza, el egoísmo.

El segundo tipo de paz se puede llamar intimista o sacatona. Se da esta paz cuando la gente evade la lucha por las cosas valiosas, y se encierra en sí misma para tratar de evitar problemas. En este caso, las personas prefieren quedarse calladas ante lo injusto; prefieren evitarse dolores de cabeza, en lugar de actuar y hacer algo para cambiar las realidades que no están bien. En la paz sacatona quien tiene alguna posición de autoridad quiere evadir los problemas y los conflictos, y hace hasta lo imposible para limitar las iniciativas y el pensamiento de quienes piensan diferente.

La paz óptima es el tercer tipo. Se da cuando se reduce a niveles mínimos la violencia en el trato personal y la violencia que ejercen las instituciones y los sistemas de poder. Hay paz óptima cuando los seres humanos tenemos posibilidad de resolver plenamente nuestras necesidades materiales, emocionales y espirituales. En la paz óptima no se niega el conflicto (tomando en cuenta que el choque de intereses y de visiones es inevitable), sino más bien, el conflicto se acepta, se enfrenta sin violencia, con respeto y de manera razonable, hasta llegar a soluciones humanas. Para lograr la paz óptima se lucha por alcanzar situaciones de justicia y de bien para todos, mediante la cooperación, la solidaridad, el respeto a los derechos humanos.

La paz nunca será resultado de la apatía o la prudencia cobarde. ¿Qué tipo de ciudadanos somos si permanecemos encerrados en los pequeños placeres de llevar una vida dedicada a asuntos personales y familiares? ¿Cuándo daremos importancia a los asuntos que tienen que ver con el bien de la comunidad? ¿Cuándo dejaremos de hacer cálculos mezquinos (algo propio de corazones endurecidos) de ver sólo por nuestro interés personal o partidista? ¿A dónde llegaremos con actitudes así de egoístas?

La grandeza está guardada en los corazones, esperando ser despertada por deseos de salir de nuestro encierro calculador. ¿Por qué no dejar llevarse por las ganas de unirse a los demás para hacer de nuestra realidad un espacio más amable, alegre y digno?

 

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